
El impacto ambiental de una actividad puede medirse mediante indicadores, ligados en particular al cambio climático (emisiones de GEI), a la destrucción de la capa de ozono y a la toxicidad humana en los suelos y en el aire. Varios de estos indicadores ambientales están además ligados a la gestión del agua, como recurso y como biotopo. Considerar de forma global el impacto ambiental de un producto o de una actividad requiere así tener en cuenta su impacto en el consumo de agua, la ecotoxicidad acuática o la eutrofización de las aguas marinas y de las aguas dulces.
Por el efecto conjunto del calentamiento global y de un uso creciente en las actividades humanas, los recursos de agua dulce escasean cada vez más. Ahora bien, el agua dulce es un recurso valioso, que solo representa el 3 % del agua presente en el planeta, y dos tercios de ella se encuentran en forma de hielo. La mayor parte del consumo de agua está ligada a la actividad agrícola (58 %). La producción de agua potable es la segunda partida de consumo. En Francia, el consumo medio de agua potable ronda los 150 litros por día y por habitante, pero solo se bebe el 1 % del agua potable. Estas cifras ofrecen pistas de acción para una gestión del agua más sostenible en los países desarrollados: entre ellas, la práctica de la agroecología y los gestos cotidianos para ahorrar agua en casa.
Los recursos hídricos disminuyen por efecto de su uso intensivo por el ser humano: la cantidad de agua extraída de los acuíferos es superior al agua que vuelve a ellos de forma natural por infiltración. Además, las aguas extraídas para las actividades humanas no se restituyen a su medio de origen. Peor aún, ciertos acuíferos situados en zonas costeras, sobreexplotados para las actividades agrícolas, se llenan de agua salada y quedan inutilizables.
El calentamiento global y los episodios de sequía no son las únicas causas de la insuficiente recarga natural de los acuíferos. La deforestación, el acondicionamiento de las riberas de los ríos, el hormigonado de los suelos mediante la construcción de edificios, aparcamientos y carreteras, así como el arado y el lavado de las tierras en la agricultura intensiva impermeabilizan los suelos: el agua ya no se infiltra, se evapora o escurre directamente hasta el mar.
Reto principal en materia de protección del medioambiente, una gestión sostenible del agua implica luchar contra la contaminación del agua, y muy especialmente contra la degradación de las aguas subterráneas o superficiales por productos químicos. Los productos fitosanitarios son los principales responsables de la ecotoxicidad acuática: se trata de los pesticidas, herbicidas y antifúngicos utilizados en la agricultura convencional, que se infiltran en los suelos y penetran en los acuíferos. La ecotoxicidad acuática tiene también su origen en la contaminación por metales pesados (mercurio, plomo, arsénico, cadmio), procedente de las actividades industriales y del transporte. La contaminación del agua por productos tóxicos conduce a la desaparición de especies y a la degradación general del ecosistema.
Problema ambiental de primer orden, la eutrofización del agua se traduce en un desequilibrio del ecosistema debido a un aporte excesivo de nutrientes en las aguas superficiales. Este aporte excesivo de nutrientes provoca el crecimiento desproporcionado de ciertas especies vegetales. En su fase final, el proceso de eutrofización conduce a una desoxigenación del medio, con la consiguiente disminución, o incluso desaparición, de la biodiversidad. Se distingue entre la eutrofización de las aguas dulces y la eutrofización de las aguas marinas.
La sobrefertilización de los cursos de agua, lagos y masas de agua dulce resulta de la contaminación agrícola (en particular el nitrógeno y el fósforo procedentes del estiércol y de los abonos) y de la contaminación urbana (vertidos de aguas residuales). Debido a la eutrofización, las aguas superficiales continentales sufren un envejecimiento prematuro: las algas y los vegetales acuáticos proliferan, lo que provoca un aumento de la materia orgánica descompuesta y, por tanto, una sedimentación acelerada. El contenido de oxígeno disminuye, con la consiguiente pérdida importante de biodiversidad. Las actividades humanas aceleran este proceso de envejecimiento hasta permitir que se produzca en solo unas decenas de años.
Bien conocido en el litoral bretón por la problemática proliferación de algas verdes, el fenómeno de la eutrofización de las aguas marinas es uno de los retos de una gestión sostenible del agua y de los ecosistemas acuáticos. La explosión demográfica localizada de una especie de alga puede provocar la intoxicación de la gran fauna marina. Además, la proliferación de algas debida a la sobrefertilización impide que la luz penetre en el ecosistema, lo que dificulta la fotosíntesis y, por tanto, la producción de oxígeno. El medio se vuelve rápidamente anóxico, es decir, desprovisto de oxígeno y, por tanto, de vida.
En conclusión, los impactos ambientales ligados al agua son numerosos y variados. Para evaluar el impacto global de una actividad, es esencial tener en cuenta su consumo de agua, la ecotoxicidad acuática y la eutrofización de las aguas. Una gestión sostenible del agua es, por tanto, esencial para preservar nuestro medioambiente.
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